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Lisa Jefferson
“Hola,
mi nombre es la señora
Jefferson, “ yo hablé muy calmada a
través del auricular. “Tengo entendido que su
avión ha sido secuestrado?”
No podía creer que yo estuviera
haciendo esta pregunta en un día que había
comenzado
como
uno típico, en mi trabajo
como supervisora en Verizon Airfone. Alrededor de
las
8:45
de la mañana el 11 de septiembre de 2001, caminé
hacia el Centro de Llamadas, donde una
representante me había parado, claramente
traumatizada. Aparentemente la persona que llamaba
le había dicho que se encontraba en el vuelo 93 de
United Airlines que iba de
Newark a San Francisco y que su
avión había sido secuestrado.
“Yo termino la llamada,” le dije
después de haber contactado el Centro de Operaciones de
Vigilancia de Airfone (AOSC) para informar a los
oficiales que un avión había sido secuestrado.
Procedí a colocarme su auricular.
”¿Puede decirme exactamente lo que
está ocurriendo? Le pregunté al que llamaba.
“Tres personas han secuestrado el
avión,” me contestó calmadamente. “Dos han tomado
la cabina del piloto y están guiando el
avión.”
En nuestra oficina, había oido a
alguien decir, “estos son atentados suicidas;
ellos están tirando los aviones
intencionalmente!” Luego me enteré de los dos
aviones que se habían estrellado contra las Torres
del WTC.
El temor se apoderó de mí. Oré en
silencio, sin saber qué pedirle a Dios mientras
realizaba que este secuestro estaba relacionado a
la tragedia en New york.
“He notificado a las autoridades
pertinentes,” le dije a la persona, y finalmente
le pregunté su nombre.
“Soy Todd Beamer de Cranbury, New Jersey,” me dijo. Mientras
intercambiábamos palabras, el avión comenzó a
volar erráticamente. Todd levantó su voz, luego
escuché gritos de pánico: “Oh mi Dios, estamos
bajando! ¡Jesús ayúdanos”!
Espiritualmente, permanecí calmada;
yo sabía que Dios estaba conmigo y con Todd. Pero,
físicamente, me sentía enferma e impotente; quería
ayudar más. Oré silenciosamente mientras escuchaba
sonidos profundamente perturbadores que salían de
la cabina del avión. Me dí cuenta que eran
gritos desgarradores de los pasajeros a bordo del
avión clamando por sus vidas. Esos sonidos los
llevaré conmigo hasta la tumba.
Cuando el ambiente se calmó, Todd
regresó al teléfono. “Creo que estamos bien
ahora,” dijo. Entonces me pidió que dijera con él
la oración del Padre Nuestro.
"Si no logro salir de esto, ¿le
diría a mi esposa y a mi familia cuánto les amo?”
preguntó Todd.
“Por supuesto que lo haré, Todd,”
le contesté, y le ofrecí contactarla a ella en
otra línea.
“No”, me dijo. “Ella está
esperando nuestro tercer hijo para el mes de
enero, y prefiero no preocuparla con malas
noticias.”
De repente Todd salió con, “¡Oh, mi
Dios,estamos virando!”
Después de cierta confusión, le
dije, “Todavía estoy aquí, Todd, y estaré en el
teléfono mientras tú estés.”
Después de otro silencio, él dijo,
“Unos cuantos de nosotros vamos a brincar sobre el
sujeto que tiene la bomba.” En ese momento, ambos
esperábamos que el avión podría aterrizar sin
contratiempo.
Mantuve la línea telefónica abierta
por aproximadamente 15 minutos. Constantemente
llamaba a Todd, pero no recibía respuesta.
Entonces llegó la noticia: el vuelo 93 de United
se estrelló en Pennsylvania. Sentí que no podía
respirar. Sabía que el hombre valiente en el otro
lado del teléfono había perecido.
Mi esposo, Warren, y yo trabajábamos
en el mismo edificio. Él había estado pegado a la
TV en su oficina en el tercer piso, ignorante de
mi conversación telefónica. Me estaba removiendo
el auricular cuando llegó a mi lado. Lágrimas
brotaban de mis ojos; entré como un robot a mi
oficina. Warren se quedó conmigo, dándome apoyo
silencioso.
Inmediatamente después, llamaron
los agentes del FBI. Hicieron muchas preguntas, y
me dijeron que estaban agradecidos por recordar
todo tan claramente. Mi esposo y yo nos fuimos del
trabajo temprano.
Yo conocía el Salmo 126:5, “Los que
sembraron con lágrimas, con regocijo segarán.”
Pero luego no podía imaginar que alguna cosa buena
resultara del sufrimiento de los miembros de la
familia de aquellos que perecieron a bordo del
vuelo 93 de United.
Los días siguientes no fui a
trabajar. Estaba como en letargo, tratando de
escapar del dolor por medio del sueño. Cuando no
dormía, no podía dejar de llorar. Le cogí miedo al
teléfono, al timbre de la puerta, a quedarme sola
cuando Warren salía de la casa.
Un agente del FBI, un abogado, y un
representante del Destacamento Oficial contra el
Terrorismo de New york me entrevistaron en una
estación local de la policía. Me dijeron que
eventualmente me llamarían para testificar en el
juicio de Zacarias Moussaoui. Estaban preocupados
por nuestra seguridad por el clima de temor que
siguió al 9-11. Nos aconsejaron que instaláramos
un sistema de alarma, lo que hicimos.
Un par
de días después de
septiembre 11, le escribí a Lisa Beamer para
decirle que tenía un mensaje para ella de parte de
su esposo. Lo enviamos vía fax a los consejeros de
United Airlines que estaban
trabajando con ella. Al día siguiente ella
me llamó. “Tengo entendido que habló con mi
esposo?” me preguntó tímidamente, obviamente,
llorando.
Compartí con ella toda la
conversación. Habían pasado 4 días desde la
tragedia. Hablar de eso era difícil para ambas.
Podía escucharla llorar, y me preguntaba cómo yo
me sentiría si estuviera en su
lugar.
Mientras hablábamos descubrí que Lisa es una
cristiana. Supe sin lugar a dudas, que Dios
arregló nuestra conexión. No podía consolar a Lisa
Beamer sino con esperanza en la palabra de Dios.
Gracias a Dios, porque ella es una creyente, pudo
recibir el consuelo de parte de Dios.
“Gracias por
haber estado ahí por Todd. Tú
eres una columna de fortaleza, “ me dijo.
A petición de Lisa, hablé con un
reportero de un periódico de Pennsylvania. Después
que el artículo salió, recibí llamadas de
reporteros de todas partes del mundo.
Regresé a trabajar después de
varias semanas, pero mi vida entonces estaba
muy lejos de
ser normal. Viéndome llorar en todo momento, mi
esposo y supervisores sugirieron que buscara
ayuda. Recibí terapia por 6 meses. He llorado la
pérdida de Todd Beamer como si fuera parte de su
familia. Me sentía tensa por la atención de los
medios y la posibilidad de testificar en el juicio
de Moussaoui. ¡Yo no había pedido nada de esto!
A la par con mis sesiones de
terapia, mi pastor también me daba consejería.
Oramos juntos, y nuestra Iglesia me apoyaba.
Lentamente comencé a entender que Dios me usó en
el medio de esta tragedia. Comprendí que la
fortaleza que manifesté con Todd a través del
teléfono vino de Dios, que Dios me había puesto en
la vida de los Beamers para un tiempo como este.
Aunque al principio me ponía
nerviosa al hablar con los reporteros, con cada
entrevista subsiguiente me hice más audaz. Le he
hablado a los periodistas sobre mi fe en Dios,
cómo creo que Él preparó mi “cita” con Todd.
En octubre, Lisa y yo nos
encontramos por primera vez en el programa de TV
de Oprah Winfrey, al cual nos invitaron para
entrevistarnos. Nos abrazamos y lloramos, sin
poder hablar ninguna de las dos.
Cuando pasé por la consejería de mi
pastor, me conmoví cuando él me dijo que Dios se
preocupa más por nuestra disponibilidad que por
nuestra habilidad. Él nos regala destrezas y
talentos, pero sobre todo, El quiere que
digamos,”Señor, heme aquí – dispuesto/a.”
A través de mi disponibilidad en
septiembre 11 de 2001, Dios me transformó. Me
mostró que si Él tiene trabajo para que tú hagas,
Él te preparará para que lo lleves a cabo. Él me
usó para hablar paz y fortaleza a Todd, aún cuando
él se aproximaba al final de su joven vida.
Pero más allá, ví a Dios cumplir su
promesa: Cuando creemos en Él, Él estará con
nosotros hasta el fin. De Ia conversación con Todd
ese día, estoy segura de que Dios mantuvo esa promesa para
con él, y sé que cuando mi momento llegue, Él
lo hará
conmigo también.
Lisa y yo aún tratamos de
mantenernos en contacto. Ella está ocupada criando
a sus niños, y yo estoy ocupada viajando alrededor
del país hablando del servicio a Dios y
reconociendo nuestra importancia – aún como
personas ordinarias. |